lunes, 17 de octubre de 2011


Inhalo, exhalo, dejo que el aire me inunde los pulmones hasta que mis costillas estén a punto de astillarse. Dejo que las mejillas se me inunden, frescas: Que los párpados se me cierren y por fin, dejen de ver.
Cierro los ojos, cojo aire, me olvido del mundo; me prometo a hurtadillas que es la última vez que los cierro, que la próxima vez los abriré y me enfrentaré a las pesadillas que viven fuera de mi cabeza.
Y es que se acabó lo de ser fuerte, lo de mirar al miedo a la cara: El crepúsculo se adueñó de mi mundo y ahora las sombras se proyectan monstruosas, al acecho, y a mí me empequeñecen, me hacen más diminuta que nunca.
Me pudro, poco a poco. La humedad me tiñe los huesos como tinta indeleble, y el moratón que me late entre las costillas últimamente duele más que nunca.
Se acabó el ser valiente, el levantarme de las caídas y al mal tiempo buena cara, que las sonrisas se evaporaron y las lágrimas se condensaron como ríos sobre la piel, abriendo grietas y surcos: rebuscando en las heridas.
Y lo hago de nuevo: cierro los ojos. Inhalo, exhalo: Me esfumo. Sólo por esta vez.
Me río. ¿A quién pretendo engañar?

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