Ponerme el vestido mas corto que
exista, los tacones mas altos de mi armario y los ojos mas oscuros
de la tierra. Ceñirme bien al cuerpo la indiferencia y pintar mis labios
con auténtica zorrería. Salir,
pero salir de verdad. Pillarme un buen pedo, bailar hasta que amanezca y ahí, plantear
la lejana idea de volver a casa ya. Ponerme morada a chupitos y descalzarme al
no poder más. Gritar en medio de la muchedumbre, esquivar las
manos con vasos, bailar encima de aquella tarima y también de
aquella otra, disfrutar del frenesí de la
noche eterna y llevar a cabo mil y una locuras de las que al día siguiente
piense: Ay mi madre que hice!. Desfasar totalmente. Llegar a tu lado con un
contoneo enorme de caderas y sin mirarte ni lo mas mínimo. Hoy
mando yo y las normas no existen, susurro al pasar por tu lado. Y tú haciendo
que no te importo, haces que no me has visto. Pero una sonrisa se dibujó en tu
cara, tal vez pensabas que el vestido me sentaba estupendamente. Me mirabas
cuando bailaba con aquel chico tan mono, cuando pedía otra,
cuando se escuchaba mi carcajada hasta en la luna. Me viste tan cambiada, tan
diferente a lo de antes, tan genial, tan tú, que lo único que se
te pasaba por la cabeza a lo largo de toda la maldita noche era lo imbécil que habías sido al
dejarme escapar. Yo seguí jugando a ser otra persona. Otros se mueren por saber
a qué saben mis besos, y tú lo sabes.

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