miércoles, 26 de octubre de 2011

el ciclo del corazón.


Llueve, hace frío y desde mi cama, tapada hasta los ojos con las sábanas, miro por la ventana; únicamente alcanzo a ver las aceras mojadas y alguna que otra persona corriendo bajo su paraguas, refugiándose de la lluvia. En estos momentos es lo único que te puede salvaguardar del chaparrón.
Es curioso, cuando yo estoy bajo la tormenta, me basta una simple capucha; me gusta mojarme, sentir la lluvia sobre mí, que me moje la cara con una suave brisa.

Igual está comparado con las lluvias del corazón. Estas no mojan, pero duelen. Tampoco empapan, pero se clavan.  Cuando llueve por dentro, el corazón llora. Lo hace por esa persona que quieres y que ya no está. Por aquella que no has luchado lo suficiente y a consecuencia se ha marchado para siempre. También llora por esas personas que algún día creyó que conocía.

Es por esto que digo, que a mí me gusta estar bajo la lluvia, nunca me libro de los lloros del corazón.  Poca gente lo hace, lo sé. Pero incluso llegas a acostumbrarte.

Después, llega un momento en que el propio corazón ejerce de paraguas, ya no deja que llueva en el. Ya no quiere seguir llorando. Es entonces cuando sale el sol, cuando aparece un arcoíris dentro de ti. Cuando una nueva persona te llena, te emociona, te quiere, te apasiona.

El corazón se aferra a lo que tiene, a ese rayo de sol que hace tiempo no veía. Y aunque la razón sea tenaz y persistente, el corazón siempre gana, siempre. Al menos el mío.

Este ciclo se va repitiendo a lo largo de la vida. La ilusión y desilusión de un corazón que vive por siempre.





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